Description
Lo primero que aparece no es el dorado, sino el relieve. La madera, trabajada en profundidad, genera una sucesión de curvas y entrantes que atrapan la luz de forma irregular. No hay simetría rígida ni brillo uniforme: el marco se comporta casi como una superficie arquitectónica en miniatura, con zonas que avanzan y otras que se repliegan.
La pintura, aplicada con capas finas, deja entrever el paso del tiempo sin dramatizarlo. Los toques dorados no buscan imponerse; aparecen en los bordes, en los gestos del relieve, como restos de una intención original más luminosa que hoy se lee con calma. Hay algo deliberadamente contenido en ese acabado, una elegancia que no depende del exceso sino de la repetición paciente del motivo.
Por proporción y escala, este marco pertenece a una tradición en la que el enmarcado era parte esencial de la obra. No un añadido posterior, sino un elemento que dialogaba con la pared, con el mobiliario y con la estancia completa. Sus dimensiones —107 × 89 cm— refuerzan esa idea: no está pensado para pasar desapercibido ni para ocupar un lugar secundario.
Visto hoy, funciona casi como un objeto autónomo. Puede alojar pintura, dibujo o grabado, pero también aceptar el vacío sin problema. En interiores contemporáneos, su presencia introduce una pausa visual: obliga a mirar más despacio, a medir el espacio de otra manera.
This post is also available in: Inglés


















